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jueves, 1 de diciembre de 2016

HOBBYKING BIXLER V1.1 MAIDEN FLIGHT

Declaraciones a la prensa tras llega de Nadine

ELIGEN NUEVO PRESIDENTE EN LA CORTE LIBERTEÑA


Juan Zamora Barboza fue elegido como nuevo presidente de la Corte Superior de Justicia de La Libertad asumirá funciones el 1 de enero del 2017.

El flamante presidente de la Corte Superior de Justicia de La Libertad ganó con 22 votos a favor y venció a Víctor Malca Guayllupo que sumó 12 votos. Juan Zamora Barboza reemplazará en el cargo a Carlos Cruz Lezcano.

"Defenderé la autonomía del Poder Judicial y se hará respetar el derecho de los jueces y trabajadores", expresó Juan Zamora Barboza. 

Sobre las amenazas a jueces liberteños señaló que ellos tampoco están ajenos a la inseguridad ciudadana y harán las coordinaciones necesarias para que les brinde la protección a jueces. 

EN ODECMA. El nuevo jefe de la Oficina Desconcentrada de Control de la Magistratura (Odecma) es David Florián Vigo y suplirá a Manuel Luján Túpez. 

David Florián se impuso por 20 votos a 13 ante José Cabrejo Villegas. Él asumirá funciones el 1 de enero del 2017. 

Cabe destacar que las elecciones se realizaron con normalidad en la sede de la Corte Superior de Justicia de La Libertad, ubicado en el centro histórico de la ciudad de Trujillo.

Body Transformation

domingo, 27 de noviembre de 2016

DEJAR DE SER LEYENDA Y DEJAR DE SER


Desde su entrada a La Habana en los primeros días de 1959, Fidel Castro, para bien o para mal, marcó la historia contemporánea. Su llegada al poder, previsible, pero a la vez sorprendente, dio comienzo a un proceso universal de toma de conciencia de lo latinoamericano. Antes de eso, la América de habla española, portuguesa, francesa, era un continente remoto, de imitación, de caricatura, poblado de gobernantes más bien pomposos y ridículos. 

Pío Baroja, con su acostumbrada acidez, había dicho que era el continente tonto, y la verdad es que razones no le faltaban. Pero a partir de la entrada en escena de Castro, el continente rezagado empezó a provocar cataclismos políticos. Y se notó, de paso, que no solo era el territorio de la revolución social más avanzada, sino también el espacio de una imaginación creadora diferente.

Después se descubriría que la imaginación y la revolución, como siempre ocurre, entraban en un choque frontal, un conflicto sin salida, pero los primeros tiempos fueron de inspiración, de fe colectiva, de entusiasmo contagioso. La prolongada permanencia de Fidel Castro en el poder, fenómeno revolucionario en sus comienzos, anomalía hispánica de la historia moderna, se convirtió al cabo de los años, en virtud de una extraña paradoja, en tiempo detenido, en expresión atrasada de realismo mágico. En su prolongado otoño, el patriarca apelaba a la magia caribeña, basada siempre, en último término, en el dominio del lenguaje. Era una afirmación del verbo enfrentado a los desacatos de la realidad: una proeza retórica, un discurso que se prolongaba más allá de la cuenta.

En la temporada universitaria de 1958 y 1959, en los meses de la campaña de la Sierra Maestra y del triunfo de la guerrilla, me encontraba en la universidad norteamericana de Princeton. Había ingresado hacía poco a la diplomacia chilena de carrera y seguía cursos en la conocida Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Internacionales. En abril de 1959, Fidel Castro fue invitado a Estados Unidos por la Asociación Nacional de la Prensa y aceptó incluir en su programa una charla en esa universidad. Princeton era entonces y todavía es una de las grandes instituciones norteamericanas, pero las autoridades universitarias de la época, asustadas, prudentes, resolvieron que la charla tuviera lugar en la pequeña sala de actos de mi escuela y ante un auditorio restringido. 

En mi calidad de alumno de postgrado, me encontraba en las primeras filas cuando el entonces joven Fidel Castro, seguido por una docena de guerrilleros masculinos y femeninos en uniforme verde oliva, hizo su espectacular ingreso. Fue todo un signo de los tiempos, de las fuerzas volcánicas que se agitaban debajo de la superficie en América Latina: en lugar de los habituales gobernantes de trajes grises, de bigotes recortados, una fila de guerrilleros de boinas y largas melenas que ingresaban al claustro con seguridad displicente.

El episodio, de una teatralidad bien calculada, arrancó murmullos de asombro, y Fidel Castro comenzó su charla con una confesión que también era teatral: un productor de Hollywood acababa de ofrecerle dos millones de dólares para que actuara en una película sobre su batalla contra Batista. Pero la verdadera batalla de Fidel solo se hallaba en sus comienzos, y era mucho más ambiciosa de lo que se imaginaban entonces los periodistas, los sesudos analistas universitarios y la gente de Washington. 

En Princeton, sin embargo, Fidel Castro, utilizando un inglés elemental, se propuso hacer un discurso apaciguador. Es imposible saber ahora si solo pretendía ganar tiempo o si consideraba en serio, en esos primeros meses en el poder, una alternativa reformista. Dijo que la reforma agraria crearía una multitud de propietarios, en un país donde la propiedad pequeña apenas existía, y que en esta forma surgiría un mercado interno próspero para las exportaciones norteamericanas.

Cuando discutí con Fidel Castro una noche de marzo de 1971, en momentos en que el poeta Heberto Padilla acababa de ser encarcelado, acusado, entre otros graves delitos, de presentarme a mí, representante diplomático de Chile, una imagen negativa de la Revolución, cité las palabras moderadas, conciliadoras, que había empleado el comandante en ese ya lejano discurso de Princeton. Yo nunca estuve en Princeton, contestó de inmediato Fidel, impertérrito, y después se dirigió al ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, la otra persona que estaba presente en la discusión. ¿Dónde estuve?, preguntó: ¿No fue en Yale? No, primer ministro, tuvo que rectificar Roa, que no había abierto la boca en toda la noche, fue en Princeton. Ahí, en ese instante preciso, cambió todo el tono de la discusión. Fidel abrió mucho los ojos, pasó del usted autoritario a un tuteo de confianza, y exclamó: “¡Tú estabas allí!”

Era complicado ser un testigo incómodo frente a Fidel Castro. Lo era para Raúl Roa, para mí, para cualquiera. Él, por su parte, era un maestro consumado de los rápidos cambios de tono. Sus discursos estaban salpicados de efectos bruscos, de culminaciones vibrantes, de climas y anticlimas manejados a la perfección. Castro se entendía mal con la gente tranquila, reflexiva, introvertida, y muy bien, en cambio, con otros actores como él, sobre todo si eran actores secundarios, y a su lado casi todos lo eran. 

En la gran política de la Guerra Fría, Nikita Jruschov, con su temperamento fogoso, chispeante, imaginativo y superficial, era la persona indicada para congeniar con el comandante en jefe. Habría sido mucho más difícil que Castro forjara una alianza con el impasible José Stalin. De manera que su estrategia, vista con ojos de hoy, parece el producto de una época, de un momento, de unas circunstancias, y de su habilidad para aprovecharlas.

No olvidemos que pudo aparecer durante todos sus primeros años, con la complacencia de Jean-Paul Sartre y de tantos otros, como el campeón del antiestalinismo, de un socialismo nuevo, alegre, libertario, con pachanga, con música de fondo, y que mientras proyectaba esta imagen tan atractiva, controlaba en forma férrea todo el sistema político de la isla, sin excluir, desde luego, al partido comunista cubano con su vieja guardia. Su escasa simpatía por Pablo Neruda y por otras figuras históricas del comunismo tenía este origen, esta razón de ser. Fidel luchó con dureza, sin el menor escrúpulo, contra un estalinismo viejo, gastado, para imponer el estalinismo suyo, que se llamaba fidelismo o castrismo.

En la primera conversación que sostuve con él, al llegar a La Habana en calidad de representante del recién instalado Gobierno de Salvador Allende, Castro me dijo tres o cuatro cosas altamente reveladoras y que demostraban, de paso, su casi total pesimismo frente al proceso que se iniciaba en Chile. Esto ocurría en los primeros días de diciembre de 1970, a las dos de la madrugada, en la sala de redacción del diario Granma. Yo había desembarcado hacía pocas horas de un avión procedente de México, después de varios transbordos, pero reconozco que se me quitó el sueño cuando se abrió una puerta lateral y apareció Fidel Castro en persona, el mismo de Princeton, pero con 12 difíciles años más a cuestas. Ahí, al cabo de un rápido preámbulo, dio el siguiente consejo: los chilenos debíamos hacer primero la nacionalización de la gran minería del cobre, controlada por compañías norteamericanas, y dejar el socialismo para más tarde.

No dijo más, pero dejó en claro que la producción socialista era endiabladamente complicada, como lo demostraba el reciente fracaso en la isla de una zafra azucarera gigante, y en cambio la nacionalización del cobre, que representaba alrededor del 90% de las exportaciones chilenas, podía ser llevada a cabo con éxito y entendida por cada ciudadano del país, sin necesidad de mayores sutilezas ideológicas. Y dijo otra cosa, que no interesaba tanto a Chile, pero que lo retrataba a él mismo en sus resortes más de fondo. Si ustedes necesitan ayuda, prometió, y hablaba de ayuda armada, no vacilen ni un segundo en pedírmela, porque seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos.

Habría sido mil veces preferible la alternativa contraria: que ellos fueran buenos, precisamente, para producir, para impulsar el desarrollo económico, para sacar a su país de la pobreza, y malos para pelear. Pero Fidel Castro, desde su juventud universitaria, fue el hombre de la confrontación, de la conspiración, de la lucha permanente. Su simbiosis con su hermano Raúl era perfecta: él llevaba adelante la lucha en el nivel político, mientras que Raúl, en su calidad de jefe militar, le cubría las espaldas. La Revolución Cubana, desde sus orígenes, fue una revolución militar socialista. Tenía que combatir siempre. Ahí estaba su sentido, su justificación y, a la vez, su talón de Aquiles. Ahora me acuerdo de los niños en edad escolar marchando por las calles de La Habana armados con fusiles de palo y gritando consignas. La primera letra del alfabeto era la F de Fidel; la segunda, la CH del Che Guevara. Parece una broma mal intencionada, pero no lo es.

El final de la Guerra Fría fue el comienzo del fin del castrismo, aunque fuera un final retardado. Una vez más, la condición de isla del país protegió a su jefe y a su régimen. Pero había un destino ya escrito. El tiempo iba a dictar su sentencia inapelable. El héroe de mi generación se transformó en un personaje anacrónico, pasado de moda, patético, lo cual no deja de ser inquietante para los de mi tiempo. Y los entonces apasionados del castrismo no derivaron al anticastrismo: evolucionaron, más bien, desde una pasión poco reflexiva, hacia la más completa indiferencia. La muerte anticipada del régimen cubano anunciaba la muerte inevitable, para muchos inverosímil, de su símbolo y su leyenda: el comandante en jefe.

CUBA SOBREVIVE A FIDEL


Por Yohani Sánchez.-

Pocos miraban la televisión oficial a esa hora. La noticia de la muerte de Fidel Castro comenzó a correr en la noche de este viernes vía telefónica, como una información imprecisa y vaga. “¿Otra vez?”, preguntó mi madre cuando se lo conté. Nacida en 1957, esta habanera de casi seis décadas no recuerda la vida antes de que el Comandante en Jefe tomara el poder en Cuba.

Tres generaciones de cubanos hemos puesto este viernes punto final a una época. Cada uno la definirá a su manera. Habrá quienes aleguen que con la partida del líder se ha ido también un trozo de nación y que ahora la Isla parece incompleta. Serán aquellos que darán forma al credo del fidelismo que llenará, en reemplazo del importado marxismo-leninismo, los manuales, las consignas y los encendidos compromisos de continuidad.

En Miami, el exilio que tanto vilipendió en sus arengas celebra que el dictador haya emprendido su último viaje. En la Isla, dentro de la privacidad de muchas casas, algunos descorchan una botella de ron. “La tengo guardada hace tanto tiempo que pensé que nunca iba a poder tomármela”, me dijo un vecino madrugador. Son aquellos que han amanecido este sábado con un peso de menos sobre los hombros, una sensación de ligereza a la que todavía no se acostumbran.Los propagandistas del mito colocarán su nombre de cinco letras en el panteón de la Historia nacional. Le dedicarán un rezo revolucionario cada vez que la realidad parezca negar “las enseñanzas” que dejó en sus horas de interminables discursos. Para sus seguidores, todo lo malo que ocurra a partir de ahora será porque él ya no está.

Estas también son jornadas para recordar a los que no han llegado hasta aquí. A los que murieron durante el castrismo, naufragaron en el mar, fueron víctimas de la censura que el Máximo Líder impulsó o perdieron la cordura a consecuencia de los delirios que promovió. Un inmenso coro de víctimas se expresa hoy en el suspiro de los sobrevivientes, la euforia en las calles de Florida o un simple “amén”.

Los más, sin embargo, tras enterarse de los detalles del magno funeral, bajan el volumen al televisor y expresan su hastío con un simple movimiento de hombros. Esta indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales, tanto los afines ideológicos como los demás. Sobre el muro del Malecón de La Habana, un par de horas después de que Raúl Castro notificara la muerte de su hermano, algunos grupos seguían comportándose como en cualquier otra madrugada: el sudor, la sensualidad, el tedio y la nada los rodeaban.

Los cubanos que tenían menos de 15 años en julio de 2006, cuando se anunció la enfermedad del entonces presidente, apenas recuerdan el timbre de su voz. Solo conocen las fotos en las que aparecía últimamente cuando lo visitaba algún invitado extranjero o a través de sus cada vez más disparatadas reflexiones. Es la generación que nunca vibró con su oratoria y jamás lo secundó en el temible grito de “¡Paredón!” con el que hizo bramar la plaza de la Revolución.

Esos jóvenes ya se han encargado de reducir su dimensión histórica, en proporción inversa con la desmesura que exhibió para gobernar esta nación. No dejarán de escuchar una sola letra de sus canciones preferidas de reggaetón para entonar la consigna de “Viva Fidel”. No darán a luz a una ola de recién nacidos que lleven el nombre del extinto y tampoco se golpearán el pecho ni se rasgarán las vestiduras durante el sepelio.

Nunca se había oído menos sobre el Comandante en Jefe que al momento de su fallecimiento. Nunca el olvido se había cernido como una sombra más amenazante que cuando se anunció su final. El hombre que llenó cada minuto de Cuba por más de 50 años se fue apagando, desvaneciendo, perdiéndose de la vista de los espectadores de esta larguísima película, como el personaje que se aleja por un camino hasta quedar como apenas un punto en nuestra retina.

Deja tras de sí la gran lección de la Historia cubana contemporánea: coser el destino nacional a la voluntad de un hombre termina por transmitir a un país los imperfectos rasgos de su personalidad e insuflar al ser humano la arrogancia de hablar por todos. Su gorra verde olivo y su perfil griego alentarán por décadas las pesadillas de unos o los ripios poéticos de otros, además de las promesas populistas de muchos líderes del planeta.

Su “antiimperialismo”, como lo llamó tercamente, habrá sido su actitud más constante, el único renglón en que logró llegar hasta las últimas consecuencias. No en balde, Estados Unidos fue el segundo gran protagonista de los documentales que la televisión nacional comenzó a transmitir nada más publicarse la noticia. La obsesión de Castro con el vecino del norte recorrió cada momento de su vida política.

La eterna pregunta que tantos periodistas extranjeros hacían, ya tiene respuesta. “¿Qué pasará cuando se muera Fidel Castro?”. Hoy sabemos que lo cremarán, pasearán sus cenizas a lo largo de la Isla y las colocarán en el cementerio de Santa Ifigenia, a pocos metros de la tumba de José Martí. Habrá lágrimas y nostalgia, pero su legado se irá apagando.

El Consejo de Estado ha decretado duelo nacional durante nueve días, pero el panegírico oficial durará meses, el tiempo suficiente para tapar con tanta algarabía la chata realidad del posfidelismo. Un sistema que el actual presidente intenta mantener a flote, agregándole remiendos de economía de mercado y llamados al capital extranjero que su hermano abominaba.

A la representación del “policía bueno y el policía malo” que ambos hermanos desplegaban ante nuestros ojos, ahora le falta una de sus partes. Será difícil para los defensores raulistas sostener que las reformas no van más rápido ni son más profundas porque en una mansión de Punto Cero, en la periferia de La Habana, un nonagenario tiene el pie puesto en el freno.

Raúl Castro se ha quedado huérfano. No conoce una vida sin su hermano, una acción política sin preguntar qué pensará sobre sus decisiones. Jamás ha dado un paso sin esa mirada sobre el hombro que lo juzga, impulsa y subestima.

Fidel Castro ha muerto. Lo sobrevive una nación que ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez.

Mal de amores en el MINDEF: ministro y asesora en relación afectiva

Ministro de Defensa promovió de puesto en 4 días a mujer con la que tiene relación sentimental


El ministro de Defensa, Mariano González, promovió en 4 días a una mujer con la que tiene una relación sentimental. Así lo reveló Panorama, dominical que señaló que esta ‘historia de amor’ comenzó el pasado 17 de octubre, con la designación de Lissete Ortega Orbegoso como asesora tipo I del Viceministerio de Políticas para la Defensa.

La resolución 1112-2016, por ley, fue publicada el 18 de octubre. Sin embargo, 4 días después, el 22 de ese mismo mes, otra nueva resolución (1146-2016) reasigna a la abogada de 31 años en como asesora del ministro.


Con este puesto, Ortega Orbegoso tiene una remuneración de S/15,600, el mismo monto que perciben como dieta los congresistas de la República. “Yo asesoro al Ministerio en temas referidos a contrataciones del Estado, compras, temas de presupuesto…”, dijo en diálogo con el dominical.

La abogada, natural de Trujillo, es 17 años menos que el ministro González Fernández, y cuenta con un doctorado y una maestría en Derecho Constitucional y Derechos Humanos. Trabajó hasta el 2015 como asesora legal en el Programa de Apoyo a la Reforma de la Salud (Parasalud). En el 2009 se desempeñó en la Dirección de Migraciones.

CLIMBING COMPILATION ★ "Do The Impossible"

FISCAL SUPERIOR FERMÍN CARO ASESINADO EN MOYOBAMBA


Fermín Alberto Caro Rodríguez, el fiscal superior de la región San Martín, fue acribillado el sábado en la mañana por dos sujetos mientras guardaba su carro en la cochera de su casa en Moyobamba.

El Ministerio Público informó del asesinato, señalando que el Fiscal de la Nación, Pablo Sánchez Velarde, ha instruido al presidente del distrito fiscal de San Martín que solicite a la Policía una minuciosa e inmediata investigación.

Sánchez Velarde también precisó que ya le ha pedido al ministro del Interior, Carlos Basombrío que se investigue con prioridad este homicidio. Por el momento, se desconocen las razones detrás de la muerte de Caro Rodríguez.

El fallecido fiscal recibió tres disparos de bala en el cuerpo y fue conducido de emergencia al hospital de Essalud de Moyobamba, falleciendo mientras los médicos lo estabilizaban para llevarlo a Tarapoto.

El abogado Carlos Torres Caro, primo de la víctima, contó a RPPNoticias que el funcionario asesinado se enfrentó a las mafias que operan en la región *San Martín *y cuestionó que no haya tenido resguardo policial pese a su alto cargo.

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